Anacoreta

Cada vez que mi mente tiene un rato libre, no para de recordármelo. Es por eso que intento ocupar la mayor parte del tiempo en tareas que poco aportan a la persona que quiero ser en un futuro: leo libros que no entiendo, comentó fotografías de amigos virtuales, empiezo puzles a los que siempre le falta una pieza, canto canciones fuera de tono, practico la onicofagia descontrolada, memorizó grandes cuestiones que mi cerebro desecha, veo las noticias creyendo que me entero de algo, pinto y coloreo, escucho entrevistas de gente que tiene algo que decir, escucho entrevistas de gente que habla pero no dice nada, compruebo que las llaves están el bolsillo de siempre y mi vida se vuelve del revés cuando no lo están, abro la cartera y me sorprendo con la cantidad de tarjetas que tengo: el DNI, el carnet de conducir, el abono transportes, la dos tarjetas del banco: la de débito y la electrónica, la tarjeta de la biblioteca municipal, la tarjeta sanitaria española, la tarjeta sanitaria europea, dos tarjetas de dos cines a los que no voy nunca, tres tarjetas de restaurantes grasientos que han perdido todo el color. Miro la vida pasar entre tarjeta y tarjeta. Pero eso no es todo: abro el bolsillo de la cartera que ya no puede respirar, saco todas las monedas: las cuento, las recuento, separo las nuevecitas de las oxidadas, averiguo de que país es cada una, las pongo una encima de otra y hago montañas, montañas que se derrumban con solo un soplido. Sonrio. Me río. Finjo carcajadas de telenovela y de lo bueno que soy me parto de la risa. Cuando percibo que los nervios me acechan, corro de un lado a otro de la habitación. Me tiro a la cama, salto, me contorsiono, volteo mi cuerpo hacia delante, hacia atrás me da miedo.  Me dejo caer al suelo como un muerto y entro en contacto con la vida; la energía me entra por la boca, flexiona mis dedos del pie y juguetea con mis extremidades. Me doy la vuelta; aún soy capaz. Las grietas del techo son el contacto con otra dimensión; algún día vendrán a buscarme. De momento me envían a sus fieles mensajeras: las arañas; ellas se encargan de guarecerme durante mis sueños. Me levanto de golpe. Soy un ninja. Un ninja mareado. Cierro los ojos y dejo caer la cabeza. Aprieto con fuerza los puños. Grito. Nadie puede oírme. Nadie puede verme. Fuera hay un dulce minino suplicando que le dejen entrar. Lo miro a través de la ventana. Me mira con sus ojos verdosos.   Lo siento, pero aquí no hay sitio para ti, tengo que estar solo. Cierro las cortinas y abandono al morrongo a su suerte. Me tiro a la cama de golpe olvidando que el colchón está demasiado rígido. Siento esa misma sensación que tiene un niño que se lanza en plancha a la piscina y sale con la espalda colorada, traicionado por las leyes de la física. Siento que me estoy hundiendo en este agujero negro y que nadie grita mi nombre ni me despierta de un bofetón. Me hundo, soy consciente.

¿Lograrán las arañas rescatarme?

Leave a Comment